miércoles, 24 de abril de 2013

LOS ADIOSES ELEGIDOS

En la estación de Vitebsk, entre un puesto pequeño de souvenirs y un estanco en el que venden tabaco para liar occidental Fuerte, hay un comercio de despedidas. Allí los viajeros solitarios eligen la que mejor se acomodará a su partida de acuerdo con su estado de ánimo y con sus posibilidades económicas.

Por una cantidad ciertamente, razonable, en él se pueden encontrar desde el apretón de manos formal y económico de un conocido reciente hasta el abrazo sincero de un amigo muy querido; también la despedida emocionada en el andén de una familia al completo, con su abrígate mucho y su llama cuando llegues, sus lamentos y su llanto inconsolable, en el que se empeñan a conciencia cinco intérpretes de sólida formación actoral y diferentes edades.

La despedida más solicitada es sin embargo el beso con abrazo prolongado de una bella enamorada. Su ternura susurrada deja en nuestra solapa un leve rastro de jazmines que tarda varios kilómetros en desaparecer. Promesas de inmediato reencuentro, juramentos de fidelidad y llamada diaria, se acompañan de los lógicos reproches por la indeseada partida, que conceden verosimilitud a la escena.

Por un insignificante suplemento, la enamorada caminará unos metros por el andén en paralelo al tren, con su mirada emboscada en la nuestra, pronunciando palabras de amor que no podremos escuchar, porque lo impedirá el traqueteo creciente del tren y la indudable emoción del momento.

El arrullo de los adioses elegidos acompaña a los viajeros buena parte del trayecto, reconfortando su sueño con una levemente dolorosa, aunque necesaria sensación de desarraigo.

Fernando León de Aranoa- Aquí yacen dragones

sábado, 20 de abril de 2013

viernes, 19 de abril de 2013

HABLO DESDE LA AUTORIDAD QUE DA EL FRACASO- F. SCOTT FITZGERALD (I)


En una entrevista de hace unos años Juan Marsé contaba a Isabel Coixet que a él lo que en ese momento le hacía ilusión era enamorarse de un amor imposible, de una jovencita que le excitara; pulsión intelectual lo llaman... 
A lo largo de la historia de la Literatura se ha podido comprobar en muchas ocasiones  que una de las mayores fuentes de inspiración  ha sido el enamoramiento, que sin grandes artilugios, propone un estado de enajenación mental, que afortunadamente es transitorio, con incidencia notoria en las constantes físicas y psíquicas del individuo.

La familia Fitgerald
Siempre me ha fascinado el concepto de AMOR FOU:  desaforado sobresalto, felicidad sin salida. Ese cierto suicidio cotidiano  que provoca la contrapartida enfermiza del ser amado que remueve la celulitis y conmociona hasta los esfínteres del alma.

Dos son  los protagonistas que ejemplificaron este concepto: Scott y Zelda Fitzgerald. La verídica y triste historia de uno de mis escritores americanos preferidos y la marca indeleble de una sola mujer que fue musa y pesadilla, pasión y abismo.



Talentosos, atrevidos, bellos, jóvenes y ricos fueron la pareja que mejor dibujó la década gloriosa del jazz y de aquellos sonrientes años  locos años. Los escándalos en sus numerosos viajes europeos, las mutuas infidelidades, las borracheras juntos, las suaves e infinitas noches llenas de fiesta  y diversión surrealista dejó un poso  de gloria y tragedia en su historia que hace que para siempre les recordemos como inolvidables, patéticos y absolutamente geniales. Los dos alimentaron por igual su amor absurdo y dañino,  si bien en algunas biografías culpan a Zelda del ocaso del escritor, la relación fue desde el inicio problemática y tormentosa por parte de ambos. Los dos se hicieron la vida imposible de manera magistral.

Francis Scott Fitzgerald supo muy pronto que iba a ser escritor. Su padre procedía de una distinguida familia sudista arruinada, católica y conservadora. A pesar de ciertos apuros económicos, Scott Fitzgerald tuvo una educación elitista. Fue el resultado del quiero y no puedo que animaba a su familia, poco dispuesta a que su hijo bajara algún peldaño en el escalafón social que le correspondía. Pero fue también en la Universidad donde el joven tomó conciencia de la profunda división de clases.  Escribir se convirtió en una vocación, pero también en una forma de prosperar y de asentar su futuro. Ernest Hemingway describe a un Fitzgerald adulto en París era una fiesta: “Scott era ya entonces un hombre pero parecía un muchacho y su cara de muchacho no se sabía si iba para guapa o se quedaba en graciosa. Tenía el pelo ondulado muy rubio, frente muy alta, ojos azules y una delicada boca irlandesa de larga línea de labios, que en una muchacha hubiese representado la boca de una gran belleza. Tenía una firme barbilla y perfectas orejas, y una nariz que nunca fue torcida. Desde luego que se puede tener todo eso y no ser hermoso, pero él lo era”. 



Zelda Saire era hija de un juez del Tribunal Supremo de Alabama. Conoce a Scott con tan solo dieciocho años en un baile. El flechazo fue instantáneo. Desde el primer momento Zelda le fascinó. Estaba ante una chica guapa y poco convencional que, a pesar de haber sido educada en el conservadurismo disfrutaba demostrando a quien tuviera delante que no tenía prejuicios, mientras se emborrachaba en público y ligaba con todos los que se proponían seducirla. Zelda era demasiado distinta, muy valiente y por todo ello adorable. De ella escribiría Scott en los inicios de su noviazgo: Cualquier chica que se emborrache en público, que disfrute francamente y cuente historias escandalosas, que fume sin parar y que cuente que ha besado a miles de hombres y que piensa besar a otros tantos, no puede considerarse intachable, aunque no tenga tacha.



Una vez producido el primer encuentro no volverán a olvidarse. Son capaces de alimentar el ideal de amor soñado por ambos. Sus destinos ya estarán unidos para siempre. Varios son los problemas a los que se enfrentan en el inicio de la relación: La familia de ella piensa que el joven autor no está a la altura de las aspiraciones de la bella y adinerada hedonista; por otro lado el tiene que ir a la guerra. Los ingredientes épicos de la historia ya están en la mesa. Pero de nuevo el destino se pone de su lado y cuando él marcha hacia el frente, a punto de ser embarcado llega la noticia de la rendición alemana. Scott tendrá sus logros y medallas fuera de la guerra y de la mano de las palabras y no de las armas. La fiesta y la tragedia de su vida  se fraguará en un lento combate...



jueves, 18 de abril de 2013

LO INESPERADO



Lo peor de todo son las cosas que no te esperas. Como ese choque de trenes violentísimo del que hablaba Gómez de la Serna: ese choque del que nadie se explicaba como había podido suceder, pues todas las señales habían sido hechas y las agujas habían funcionado bien. Nadie se lo explicaba, pero era bien sencillo. Las dos máquinas, llenas de una ferviente sensualidad, se habían querido montar. Estaban cansadas de verse de lejos y de no verse en el vértigo de los cruces, que era cuando más cerca estaban: cansadas de llamarse con pitidos, de desearse con nostalgia.

Cuando esas máquinas se abrazan surge, por lo terrible y lo impetuoso, el gran desastre: chocan entre sí todos los malhechores leves, los sindicalistas malayos, las mujeres de los mecánicos y los detectives miopes, y entonces alguno puede decir que aparece lo épico: la trepidante aventura, en su perfecto trazado de accidente, llega a su tierno, catastrófico y espectacular final.

martes, 2 de abril de 2013

EN LO MÁS PROFUNDO DEL INVIERNO DESCUBRÍ DENTRO DE MÍ UN INVENCIBLE VERANO- ALBERT CAMUS



"No conoceré el miedo. El miedo mata a la mente. El miedo es el pequeño mal que conduce a la destrucción total. Afrontaré mi miedo. Permitiré que pase sobre mí y a través de mí. Y cuando haya pasado, giraré mi ojo interior para escrutar su camino. Allí por donde mi miedo haya pasado, ya no quedará nada. Solo estaré yo."
 
LETANÍA BENE GESSERIT-DUNE