Los momentos decisivos no suelen presentarse con nitidez. Además, hay situaciones que parecen determinantes, pero no lo son. La mayoría de las personas, tan sólo, tienen una historia que contar; otras ni tan siquiera eso. Sólo un instante puede tener la fuerza necesaria para articular un nuevo eje conductor en la vida de un individuo.
miércoles, 21 de marzo de 2012
lunes, 19 de marzo de 2012
EN QUÉ CREO
Creo en el poder de la imaginación para rehacer el mundo, liberar la verdad que hay en nosotros, alejar la noche, trascender la muerte, encantar las autopistas, congraciarnos con los pájaros y asegurarnos los secretos de los locos.
Creo en mis propias obsesiones, en la belleza de un choque de autos, en la paz del bosque sumergido, en la excitación de una playa de vacaciones desierta, en la elegancia de los cementerios de automóviles, en el misterio de los estacionamientos de varios pisos, en la poesía de los hoteles abandonados.
Creo en las pistas de aterrizaje olvidadas de Wake Island, señalando a los Pacíficos de nuestras imaginaciones.
Creo en la belleza misteriosa de Margaret Thatcher, en el arco de sus fosas nasales y el borde de su labio inferior; en la melancolía de los conscriptos argentinos heridos; en las sonrisas perturbadas de los empleados de estaciones de servicio; en mi sueño sobre Margaret Thatcher acariciada por ese joven soldado argentino en un motel olvidado, observados por un empleado de estación de servicio tuberculoso.
Creo en la belleza de todas las mujeres, en la perfidia de sus fantasías, tan cerca de mi corazón; en la unión de sus cuerpos desencantados con los rieles de cromo de las góndolas de supermercado; en su cálida tolerancia de mis propias perversiones.
Creo en la muerte del mañana, en el acabamiento del tiempo, en la búsqueda de un tiempo nuevo en las sonrisas de las mozas de los bares de las rutas y en los ojos cansados de los controladores de tráfico aéreo en aeropuertos fuera de temporada.
Creo en los órganos genitales de los grandes hombres y mujeres, en las posturas corporales de Ronald Reagan, Margaret Thatcher y la Princesa Diana, en el suave olor que emana de sus labios cuando miran a las cámaras del mundo entero.
Creo en la locura, en la verdad de lo inexplicable, en el sentido común de las piedras, en la demencia de las flores, en la enfermedad reservada para la raza humana por los astronautas del Apolo.
No creo en nada.
Creo en Max Ernst, Delvaux, Dalí, Tiziano, Goya, Leonardo, Vermeer, de Chirico, Magritte, Redon, Durero, Tanguy, el Facteur Cheval, las torres Watts, Bocklin, Francis Bacon, y en todos los artistas invisibles dentro de las instituciones psiquiátricas del mundo.
Creo en la imposibilidad de la existencia, en el humor de las montañas, en lo absurdo del electromagnetismo, en la farsa de la geometría, en la crueldad de la aritmética, en las intenciones asesinas de la lógica.
Creo en las adolescentes, en la corrupción que hay en ellas sólo por la postura de sus piernas, en la pureza de sus cuerpos desaliñados, en los rastros que sus partes pudendas dejan en los baños de moteles miserables.
Creo en el vuelo, en la belleza del ala, y en la belleza de todo lo que alguna vez haya volado, en la piedra arrojada por un niño pequeño que lleva en sí misma la sabiduría de los estadistas y de las parteras.
Creo en la amabilidad del bisturí, en la geometría sin límites de la pantalla de cine, en el universo oculto dentro de los supermercados, en la soledad del sol, en la locuacidad de los planetas, en la redundancia de nosotros mismos, en la inexistencia del universo y el aburrimiento del átomo.
Creo en la luz que arrojan las videograbadoras en las vidrieras de las grandes tiendas, en la agudeza de las parrillas de los radiadores en los salones de venta de automóviles, en la elegancia de las manchas de aceite sobre las barquillas de los motores de los 747 estacionados en las pistas de los aeropuertos.
Creo en la no existencia del pasado, en la muerte del futuro, y en las infinitas posibilidades del presente.
Creo en el desarreglo de los sentidos: en Rimbaud, William Burroughs, Huysmans, Genet, Celine, Swift, Defoe, Carroll, Coleridge, Kafka.
Creo en los diseñadores de las Pirámides, el Empire State, el bunker del Fuhrer en Berlín, las pistas de aterrizaje de Wake Island.
Creo en la fragancia del cuerpo de la Princesa Diana.
Creo en los próximos cinco minutos.
Creo en la historia de mis pies.
Creo en las migrañas, el aburrimiento de las tardes, el temor a los calendarios, la traición de los relojes.
Creo en la ansiedad, la psicosis y la desesperanza.
Creo en las perversiones, en el amor obsesivo por los árboles, las princesas, los primeros ministros, las estaciones de servicio abandonadas (más bellas que el Taj Mahal), las nubes y los pájaros.
Creo en la muerte de las emociones y el triunfo de la imaginación.
Creo en Tokio, Benidorm, La Grande Motte, Wake Island, Eniwetok, Dealey Plaza.
Creo en el alcoholismo, las enfermedades venéreas, la fiebre y el agotamiento.
Creo en el dolor.
Creo en la desesperanza.
Creo en todos los niños.
Creo en mapas, diagramas, códigos, juegos de ajedrez, rompecabezas, tableros de horarios de vuelos, carteles indicadores de los aeropuertos.
Creo en todas las excusas.
Creo en todas las razones.
Creo en todas las alucinaciones.
Creo en toda la rabia.
Creo en todas las mitologías, recuerdos, mentiras, fantasías y evasiones.
Creo en el misterio y la melancolía de una mano, en la amabilidad de los árboles, en la sabiduría de la luz.
En qué creo
De J. G. Ballard
[Re-Search, 1984]
Traducción de Claudia Kozak, extraída de la Revista artefacto
Título y fecha del original en inglés: J.G. Ballard, “What I believe”, 1984.
miércoles, 14 de marzo de 2012
MIS MUJERES PREFERIDAS: MAEVE BRENNAN
Audrey Hepburn interpretó en Desayuno con diamantes uno de los más fascinantes personajes femeninos de la historia del cine. Muchas son las voces que afirman que la adorable, frívola y hedonista Holly existió. Su verdadero nombre era Maeve Brennan y compartió fiesta y martini en más de una ocasión con el autor: Truman Capote.
Maeve fue, como todas mis mujeres preferidas, un espíritu rebelde y descreído. Tuvo una rígida educación católica que olvidó al comenzar a vivir en la ciudad de todos los fracasos y los más brillantes sueños: Nueva York. Ella fue sin duda la musa y el espíritu dorado de aquella época en Manhattan.
Inició su carrera periodística como comentarista de moda en la revista Harper´s Bazaar. Los años cuarenta y cincuenta fueron años excepcionales para el periodismo neoyorkino, que concentró en las revistas y suplementos de cultura a los mejores escritores, poetas y guionistas de la época. Brennan fue crítica literaria y redactora en The New Yorker, al mismo tiempo que W.H. Auden.
Con el seudónimo The Longwinded Lady (parodiaba con su epíteto la idea misógena de que las mujeres "hablan demasiado") escribió unas maravillosas crónicas que son fiel reflejo de aquellos días. La escritora definió Nueva York de una manera airosa y sintética: "la más temeraria, ambiciosa, confusa, cómica, triste, fría y humana de todas las ciudades". En cierto modo, también se podría definir de igual forma su manera de escribir. Brennan afirmaba que Nueva York es una ciudad peligrosamente inclinada, con sus habitantes aferrados a ella para no caerse y aún con humor para reírse de su situación.
Además de sus crónicas de ciudad; Maeve fue una escritora seria, rigurosa y perfeccionista, prolífica en relatos con gran dosis de humor y una gran variedad de matices, donde predominan la tristeza y la precisión amarga de los detalles. También publicó una breve novela De visita. Si se tuviera que definir su obra con una frase me quedo con esta: Home is a place in the mind (El hogar es un lugar de la mente.)
Maeve era deliciosa por otras muchas razones: su estilo elegante y peculiar, su tendencia a soñar y a concederse despreocupados lujos, su extravagancia, su belleza, su refinada excentricidad, su poética autoironía... Tuvo luz propia en la sociedad neoyorquina por su inteligencia y su ingenio, pero también por su abrumadora personalidad y elegancia. Esbelta y de pequeña estatura, le gustaba vestirse de negro y llevaba grandes gafas oscuras. Su estilo sofisticado fue lo primero que abandonó cuando estallaron sus conflictos internos.
A las mujeres inteligente, bellas y soñadoras; la vida les cambia cuando se enamoran profundamente. Entonces dejan de ser princesas y se descubren brujas en una vida conyugal que jamás podrá ser domesticada por espíritus tan libres y ambiciosos de emociones. Maeve se enamoró y se casó con un redactor del New Yorker del que se decía que "bebía demasiado, era maníaco depresivo y sufría lo que él llamaba 'apagones' durante los cuales no siempre sabía quién era y su conducta podía llegar a ser muy errática. Se gastaba todo el diero que tenía pero nunca pagaba facturas porque era una ordinariez. Había tenido más esposas, todas guapas y encantadoras, pero ninguna le duró mucho porque enseguida se cansaba".
El matrimonio, obviamente, duró poco y Maeve jamás volvió a ser la misma. Después de aquella triste historia comenzó a sufrir depresiones con brotes psicóticos. Empezó a frecuentar la vida vagabunda. Su aspecto que era elegante e impecable, se volvió desaliñado. En el inicio de su decadencia se alojó en hoteles baratos, pero en poco tiempo hizo de la calle su lugar de residencia, con la obsesiva costumbre de acabar refugiada siempre en lavabos de señoras. Durante la última década de su vida, Maeve Brennan se movió dentro y fuera de la realidad de una forma que resultaba desgarradora. En uno de los lavabos que habitaba escribió: "Cierto grado de autoestima es necesario incluso en los locos"
A Maeve la adoraban sus amigos, pero ninguno la pudo salvar de sí misma. Hay una frase de Brennan que alude a su conflicto vital. Dice así: "Lo único que tendremos que encarar en el futuro es lo que ocurrió en el pasado. Es insoportable"
martes, 6 de marzo de 2012
EL MUNDO DEBAJO DEL MUNDO
La música es capaz de nombrar todos los sentimientos que intentamos esconder, es como el mundo debajo del mundo, las palabras verdaderas bajo las falsas
martes, 28 de febrero de 2012
viernes, 24 de febrero de 2012
jueves, 26 de enero de 2012
INVITACIONES SUPERFLUAS
Quisiera que vinieras a mi casa una noche de invierno y que, abrazados tras los cristales, mirando la soledad de las calles oscuras y heladas, recordásemos los inviernos de los cuentos, donde vivimos juntos sin saberlo. Tú y yo recorrimos con pasos tímidos los mismos senderos encantados, juntos caminamos a través de los bosques llenos de lobos, y los mismos genios nos espiaban desde los matojos de musgo suspendidos en las torres, entre el revoloteo de los cuervos. Juntos, sin saberlo, desde allí miramos acaso hacia la vida misteriosa que nos esperaba. Allí palpitaron en nosotros por primera vez alocados y tiernos deseos. “¿Te acuerdas?”, nos diríamos el uno al otro, estrechándonos suavemente en la cálida estancia, y tú me sonreirías confiada mientras fuera sonarían tétricamente las chapas de metal sacudidas por el viento.
Pero tú -ahora me acuerdo- no conoces los cuentos antiguos de los reyes sin nombre, de los ogros y los jardines embrujados. Nunca pasaste, arrobada, bajo los árboles mágicos que hablan con voz humana, ni llamaste a la puerta del castillo desierto, ni caminaste de noche hacia la luz lejana, ni te quedaste dormida bajo las estrellas de Oriente, acunada por el balanceo de una barca sagrada. En esa noche de invierno, probablemente permaneceríamos mudos tras los cristales, yo perdiéndome en los cuentos de otras épocas, tú en otros cuidados para mí desconocidos. Yo te preguntaría “¿Te acuerdas?”, pero tú no te acordarías.
Quisiera pasear contigo un día de primavera, bajo un cielo de color gris, con algunas hojas muertas del año anterior arrastradas por el viento, por las calles de un barrio de las afueras; y que fuera domingo. En esos suburbios surgen a menudo pensamientos melancólicos y grandes, y a determinadas horas vaga la poesía, uniendo los corazones de los que se aman. Nacen además esperanzas imposibles de expresar, propiciadas por los ilimitados horizontes que hay más allá de las casas, por los trenes que huyen, por las nubes del septentrión. Nos cogeríamos simplemente de la mano y caminaríamos a paso ligero, hablando de cosas insensatas, estúpidas y tiernas. Hasta que se encendieran las farolas y de las miserables casas de la vecindad rezumaran las historias siniestras de las ciudades, las aventuras, los anhelados romances. Y entonces permaneceríamos en silencio, siempre cogidos de la mano, porque nuestras almas se comunicarían sin necesidad de palabras.
Pero tú -ahora me acuerdo- nunca me dijiste cosas insensatas, estúpidas y tiernas. Ni puedes por lo tanto amar esos domingos de los que hablo, ni tu alma sabría hablar a la mía en silencio, ni reconocerías en el momento exacto el encanto de las ciudades ni las esperanzas que descienden del septentrión. Tú prefieres las luces, la muchedumbre, los hombres que te miran, las calles donde dicen que se puede encontrar la fortuna. Tú eres diferente a mí, y si vinieras ese día a pasear, te quejarías de que estás cansada; sólo eso, nada más.
Querría también ir contigo en verano a un valle solitario, sin cesar de reír por las cosas más simples, a explorar los secretos de los bosques, de los caminos blancos, de algunas casas abandonadas. Pararnos en un puente de madera a mirar el agua que pasa, escuchar en los postes del telégrafo esa larga historia sin fin que viene de un extremo del mundo y nadie sabe hasta dónde llegará. Y coger las flores de los prados y, tumbados en la hierba, en el silencio soleado, contemplar los abismos del cielo, las blancas nubecillas que pasan y las cimas de las montañas. Tú dirías “¡Qué bonito!”. Y no añadirías nada más porque seríamos felices; nuestros cuerpos habrían perdido el peso de los años y nuestras almas habrían recuperado su frescor, como si acabaran de nacer en ese momento.
Pero tú -ahora que lo pienso- me temo que mirarías a tu alrededor sin entender, y te detendrías preocupada a examinar una de tus medias, me pedirías otro cigarrillo, impaciente por volver. Y no dirías “¡Qué bonito!”, sino otras nimiedades sin ningún interés para mí. Porque por desgracia eres así. Y no seremos felices ni siquiera un instante.
Querría también -déjame decírtelo- atravesar contigo del brazo las grandes avenidas de la ciudad un atardecer de noviembre, cuando el cielo es puro cristal. Cuando los fantasmas de la vida corren sobre las cúpulas y rozan a la gente oscura que bulle en el fondo de esos fosos que parecen las calles, ya rebosantes de inquietudes. Cuando recuerdos de épocas felices y nuevos presagios pasan sobre la tierra dejando tras de sí una especie de música. Con la cándida arrogancia de los niños miraremos las caras de los demás, miles y miles, que pasarán a nuestro lado como ríos. Despediremos sin saberlo un alegre resplandor y todos se verán obligados a mirarnos, no por envidia ni animadversión, sino esbozando una sonrisa, con un sentimiento de bondad, gracias a la noche, que cura las debilidades humanas.
Pero tú -lo sé muy bien- en lugar de mirar el cielo de cristal y las altas columnatas acariciadas por el último sol, querrás pararte a mirar los escaparates, los oros, las riquezas, las sedas, todas esas cosas mezquinas. Y no percibirás por tanto los fantasmas ni los presentimientos que pasan, ni te sentirás llamada como yo a un alto destino. Ni oirás esa especie de música, ni comprenderás por qué la gente nos mira con buenos ojos. Pensarás en tu pobre mañana y las estatuas doradas de las agujas alzarán en vano sobre ti sus espadas hacia los últimos rayos de sol. Y yo estaré solo.
Es inútil. Quizá todas estas cosas sean tonterías y tú seas mejor que yo, al no pretender tanto de la vida. Quizá tengas tú razón y sea una estupidez intentarlo. Pero eso sí, al menos querría volver a verte. Pase lo que pase, estaremos juntos y encontraremos la felicidad. No importa que sea de día o de noche, verano u otoño, en un país desconocido, en una casa desnuda o en un sórdido hostal. Me bastará con tenerte cerca. No me quedaré escuchando -te lo prometo- los crujidos misteriosos del techo ni miraré las nubes ni haré caso de las músicas ni del viento. Renunciaré a esas cosas inútiles que, sin embargo, amo. Tendré paciencia cuando no entiendas lo que digo, cuando hables de cosas ajenas a mí, cuando te quejes de los vestidos viejos y de la falta de dinero. Entre nosotros no habrá eso que llaman poesía, ni esperanzas compartidas, ni tampoco tristezas, esos grandes cómplices del amor. Pero te tendré cerca. Y conseguiremos, ya lo verás, ser bastante felices, con mucha sencillez, solos los dos, un hombre y una mujer, como sucede en todas las partes del mundo.
Pero tú -ahora lo pienso- estás demasiado lejos, a cientos y cientos de kilómetros difíciles de salvar. Tú estás dentro de una vida que desconozco, y a tu lado hay otros hombres, a los que probablemente sonríes, como a mí en otros tiempos. Has tardado muy poco en olvidarme. Es posible que no logres siquiera recordar mi nombre. Yo ya he salido de ti, confundido entre las innumerables sombras. Y, sin embargo, no hago más que pensar en ti, y me gusta decirte todas estas cosas.
Dino Buzzati.
miércoles, 25 de enero de 2012
¿Y SI EL MUNDO NOS ESTÁ DEJANDO SOLOS?
Nace, sé buena, crece, estudia, sé buena. Aprende la lingüística del desengaño y encuentra el amor en la página cuarenta y cuatro del diccionario, pero se buena. Conoce a un buen chico, conviértete en mutante, rompe con él, sé capaz de conmoverte. Conoce a más chicos, intenta ser mala. Descubre que la vida es llanamente aburrida. Desordénate, pero vuelve a ser buena. Haz las cosas que los demás esperan de ti. Rodéate de gente con jersey de pico, militan en el tedio de la rutina y son buenos. Riéte con tus amigas por ser distintas, mientras aceptáis simples planteamientos de vida como asas de cubo, tenéis que ser buenas. Renuncia a tus ideales, bucea en las estadísticas, traga. Aprende nombres nuevos, ideas nuevas, mientras intentas olvidar, los buenos siempre saben olvidar. Busca anclajes, profundiza en ellos, saca la cabeza y las ideas de tus trabajos de mierda, de vez en cuando respira. Sonríe y sé buena. Las arrugas llegan antes al sueño que al rostro y tienes que tener buen aspecto, porque, con el tiempo descubrirás, que aunque busques otras opciones, el mundo pertenece a los banqueros, a los que plantan mierda y florece, a los que nunca quisieron ser buenos.
lunes, 23 de enero de 2012
LA LLAMADA
Telefoneó al supermercado para hacer el pedido, pero una mujer respondió que aquello era una casa particular. Colgó lleno de palpitaciones: la voz había abierto en su memoria sentimental una grieta por la que comenzó a salir enseguida una aguja de gas. Volvió a marcar confiando a los dedos la reproducción del error y respondió de nuevo la mujer. Él permaneció en silencio, absorbiendo con los sentidos la atmósfera de la habitación lejana. No se oía la televisión ni la radio; tampoco ruido de niños. Imaginó que vivía sola en un apartamento igual que el suyo y lo reprodujo sin dificultades. Ella, a su vez, callaba. Quizá su voz había levantado también un registro mal cerrado en las sentinas de su memoria. La imaginó con un libro en el sofá. Durante años había soñado que se encontraban en la calle, y ahora, en lugar de sus cuerpos, se cruzaban sus voces, pero la de ella tenía la densidad de un cuerpo. "Diga", repitió al fin, y él paladeó ese diga con las membranas del oído, igual que en otro tiempo había saboreado sus muslos con los dedos. Era un diga mojado por la excitación. De manera que también ella vivía sola y los sábados por la tarde leía: tenía la voz de los que se refugian de las horas dentro de una novela. "¿Es el supermercado?", preguntó. "Sí", escuchó al otro lado, tras un titubeo; "¿qué desea?". Recitó el pedido y al final la mujer añadió que había yogures en oferta. Después de los yogures, no supo continuar. Ella, tampoco, así que dijo que se lo enviarían y colgó sin solicitar la dirección, lo que acabó de delatarla. Telefoneó de nuevo, lleno de remordimientos, pero sus dedos no se atrevieron a equivocarse una vez más. Se habían cruzado, pero después de unos instantes prefirieron simular que no se conocían. Él reprimió un sollozo y, ahora sí, llamó al supermercado.
JUAN JOSÉ MILLÁS
jueves, 12 de enero de 2012
martes, 10 de enero de 2012
ASÍ, LA VERDAD, ES QUE DA IGUAL
Es qué mi vida es
cómo una película de cine mudo.
Un poco cómica y trágica,
en la que a veces
todo se acelera
y los cambios
suceden muy rápido.
No te puedes parar
ni leer los subtítulos.
Desaparecen historias
pero entran personajes nuevos
a los que les doy el guión,
pero tampoco
me hacen mucho caso.
Los dejo actuar,
me dan pie para que actúe
y a veces hasta me creo
que soy la gran directora,
pero ya paso de decir:
cámara, luces, acción…
Es que no sé hacia dónde me dirijo.
viernes, 6 de enero de 2012
miércoles, 4 de enero de 2012
¿Y SI MI CURIOSIDAD NO VUELVE A DESPERTAR?
Son estos años una época que me produce angustia y aburrimiento. No sé si el tedio que siento es justo o si es debido a que me estoy haciendo mayor y un tanto plañidera. El caso es que esto no ha sucedido de golpe, si no poco a poco. Hubo un tiempo en que me seducía la gente de mí alrededor, me despertaban la curiosidad y me atraían, he de confesar que me atraían demasiadas personas.
Un día sin querer, sentí que ya no era así, que yo perseguía cosas que los demás no veían a su alrededor o a la inversa. Es como si de repente el mundo se hubiera llenado de aeronfix y no tuviéramos nada en común por nuestras siniestras envolturas. Es como si todos hubiéramos adquirido ese cartel que inunda nuestro paisaje común: se vende, se alquila, se traspasa.
Es una especie de conducta de repulsión con las curiosidades y los sueños que antes nos encandilaban.
No quiero aislarme en la nostalgia porque pienso recorrer toda mi actualidad. Olvidar el presente y aislarse en el pasado que nunca fue tan bueno como imaginamos significa negarse a pensar, pero es que yo siempre he sido mi mejor adversaria y en la palabra "cumpleaños" siempre hace mucho frío y estoy cansada de saltar meses como si fueran vallas.
martes, 3 de enero de 2012
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