sábado, 28 de abril de 2012
domingo, 22 de abril de 2012
LECCIÓN
Hubo un antiguo liceo, unos cuadernos
que forraste con las frases que más
te protegían. Y hubo invierno
en aceras encogidas hacia única puerta
de colores reglamentarios. Los ómnibus
les hacían transfusiones
a las aulas, las asignaturas
se barajaban con urgencias cotidianas.
Vos te ibas después del aire.
Estirábase con tus pasos el silencio
tras los tímidos besos. Promesas
y mañanas coincidían con tu forma.
...
Final de noviembre. Otra época
hace uso de los mismos contornos.
He tropezado con una frase al volver,
solo, en aquella dirección. Quedé
ante paredes vetustas, enredado
en el musgo y en las grietas homicidas.
Tu imagen rociaba los poros del paisaje,
iba y venía por los andamios
de la angustia. Qué seco pulmón
este tiempo, esta mentira
arrugada en despedidas.
Jamás devolverías el aire.
HÉCTOR ROSALES
miércoles, 18 de abril de 2012
DIVERTIMENTOS SECRETOS
Olivia tenía un pequeño secreto: a veces cuando bebía más de la
cuenta, se encerraba en los baños de los bares y mandaba mensajes cata stróficos. Las consecuencias no le afectaban
hasta la mañana siguiente, en el momento en que miraba el móvil como si fuera
una enfermedad contagiosa o un arma atómica que había destruido su
dignidad sin contemplaciones.
El último mensaje lo había mandado la noche de
fin de año. Había conocido a Daniel y llevaba un mes apareciendo y desapareciendo. Podía afirmarse que hacía magia con ella. Él se
había ido a pasar Nochevieja a Berlín con sus amigos. De madrugada le puso un mensaje: “Eres lo mejor que me ha pasado este año”. Lo mejor
que le había pasado ese año nunca contestó.
En primavera Daniel volvió a
dar señales de vida. Todos los fines de semana, a eso de las seis de la mañana,
llamaba a Olivia y dejaba mensajes tipo en su buzón de voz: “Te echo tanto de
menos”.
Hasta que un día, Olivia hizo "magia" de nuevo en casa de Daniel.
Cuando acabaron, él se levantó y fue al baño. Olivia, mientras, se incorporó para
peinarse un poco. Al colocarse una horquilla, ésta cayó
debajo de la cama. Allí encontró su horquilla y dos pares de zapatos de mujer.
Fin de la incognita: normalmente, los hombres desaparecen tras la sombra alargada del nombre de otra mujer. Sin ninguna explicación. En la mesita, el preservativo utilizado
se iluminó con luces de neón; como si tuviera vida propia, acabó deslizándose en uno de los
zapatos.
─ ¿Has visto el preservativo?─ dijo Daniel.
─ Ya lo he tirado. Se sintió feliz en el papel de La Justiciera Anonima...
martes, 17 de abril de 2012
MI FATIGA INEXPRESABLE
Se espera que la lluvia pase. Se espera que los vientos lleguen. Se espera. Se dice. Por amor al silencio se dicen miserables palabras. Un decir forzoso, forzado, un decir sin salida posible, por amor al silencio, por amor al lenguaje de los cuerpos. Yo hablaba. En mí, el lenguaje es siempre un pretexto para el silencio. Es mi manera de expresar mi fatiga inexpresable.
Alejandra Pizarnik. Palabras.
domingo, 1 de abril de 2012
jueves, 29 de marzo de 2012
domingo, 25 de marzo de 2012
sábado, 24 de marzo de 2012
miércoles, 21 de marzo de 2012
HISTORIAS QUE CONTAR
Los momentos decisivos no suelen presentarse con nitidez. Además, hay situaciones que parecen determinantes, pero no lo son. La mayoría de las personas, tan sólo, tienen una historia que contar; otras ni tan siquiera eso. Sólo un instante puede tener la fuerza necesaria para articular un nuevo eje conductor en la vida de un individuo.
lunes, 19 de marzo de 2012
EN QUÉ CREO
Creo en el poder de la imaginación para rehacer el mundo, liberar la verdad que hay en nosotros, alejar la noche, trascender la muerte, encantar las autopistas, congraciarnos con los pájaros y asegurarnos los secretos de los locos.
Creo en mis propias obsesiones, en la belleza de un choque de autos, en la paz del bosque sumergido, en la excitación de una playa de vacaciones desierta, en la elegancia de los cementerios de automóviles, en el misterio de los estacionamientos de varios pisos, en la poesía de los hoteles abandonados.
Creo en las pistas de aterrizaje olvidadas de Wake Island, señalando a los Pacíficos de nuestras imaginaciones.
Creo en la belleza misteriosa de Margaret Thatcher, en el arco de sus fosas nasales y el borde de su labio inferior; en la melancolía de los conscriptos argentinos heridos; en las sonrisas perturbadas de los empleados de estaciones de servicio; en mi sueño sobre Margaret Thatcher acariciada por ese joven soldado argentino en un motel olvidado, observados por un empleado de estación de servicio tuberculoso.
Creo en la belleza de todas las mujeres, en la perfidia de sus fantasías, tan cerca de mi corazón; en la unión de sus cuerpos desencantados con los rieles de cromo de las góndolas de supermercado; en su cálida tolerancia de mis propias perversiones.
Creo en la muerte del mañana, en el acabamiento del tiempo, en la búsqueda de un tiempo nuevo en las sonrisas de las mozas de los bares de las rutas y en los ojos cansados de los controladores de tráfico aéreo en aeropuertos fuera de temporada.
Creo en los órganos genitales de los grandes hombres y mujeres, en las posturas corporales de Ronald Reagan, Margaret Thatcher y la Princesa Diana, en el suave olor que emana de sus labios cuando miran a las cámaras del mundo entero.
Creo en la locura, en la verdad de lo inexplicable, en el sentido común de las piedras, en la demencia de las flores, en la enfermedad reservada para la raza humana por los astronautas del Apolo.
No creo en nada.
Creo en Max Ernst, Delvaux, Dalí, Tiziano, Goya, Leonardo, Vermeer, de Chirico, Magritte, Redon, Durero, Tanguy, el Facteur Cheval, las torres Watts, Bocklin, Francis Bacon, y en todos los artistas invisibles dentro de las instituciones psiquiátricas del mundo.
Creo en la imposibilidad de la existencia, en el humor de las montañas, en lo absurdo del electromagnetismo, en la farsa de la geometría, en la crueldad de la aritmética, en las intenciones asesinas de la lógica.
Creo en las adolescentes, en la corrupción que hay en ellas sólo por la postura de sus piernas, en la pureza de sus cuerpos desaliñados, en los rastros que sus partes pudendas dejan en los baños de moteles miserables.
Creo en el vuelo, en la belleza del ala, y en la belleza de todo lo que alguna vez haya volado, en la piedra arrojada por un niño pequeño que lleva en sí misma la sabiduría de los estadistas y de las parteras.
Creo en la amabilidad del bisturí, en la geometría sin límites de la pantalla de cine, en el universo oculto dentro de los supermercados, en la soledad del sol, en la locuacidad de los planetas, en la redundancia de nosotros mismos, en la inexistencia del universo y el aburrimiento del átomo.
Creo en la luz que arrojan las videograbadoras en las vidrieras de las grandes tiendas, en la agudeza de las parrillas de los radiadores en los salones de venta de automóviles, en la elegancia de las manchas de aceite sobre las barquillas de los motores de los 747 estacionados en las pistas de los aeropuertos.
Creo en la no existencia del pasado, en la muerte del futuro, y en las infinitas posibilidades del presente.
Creo en el desarreglo de los sentidos: en Rimbaud, William Burroughs, Huysmans, Genet, Celine, Swift, Defoe, Carroll, Coleridge, Kafka.
Creo en los diseñadores de las Pirámides, el Empire State, el bunker del Fuhrer en Berlín, las pistas de aterrizaje de Wake Island.
Creo en la fragancia del cuerpo de la Princesa Diana.
Creo en los próximos cinco minutos.
Creo en la historia de mis pies.
Creo en las migrañas, el aburrimiento de las tardes, el temor a los calendarios, la traición de los relojes.
Creo en la ansiedad, la psicosis y la desesperanza.
Creo en las perversiones, en el amor obsesivo por los árboles, las princesas, los primeros ministros, las estaciones de servicio abandonadas (más bellas que el Taj Mahal), las nubes y los pájaros.
Creo en la muerte de las emociones y el triunfo de la imaginación.
Creo en Tokio, Benidorm, La Grande Motte, Wake Island, Eniwetok, Dealey Plaza.
Creo en el alcoholismo, las enfermedades venéreas, la fiebre y el agotamiento.
Creo en el dolor.
Creo en la desesperanza.
Creo en todos los niños.
Creo en mapas, diagramas, códigos, juegos de ajedrez, rompecabezas, tableros de horarios de vuelos, carteles indicadores de los aeropuertos.
Creo en todas las excusas.
Creo en todas las razones.
Creo en todas las alucinaciones.
Creo en toda la rabia.
Creo en todas las mitologías, recuerdos, mentiras, fantasías y evasiones.
Creo en el misterio y la melancolía de una mano, en la amabilidad de los árboles, en la sabiduría de la luz.
En qué creo
De J. G. Ballard
[Re-Search, 1984]
Traducción de Claudia Kozak, extraída de la Revista artefacto
Título y fecha del original en inglés: J.G. Ballard, “What I believe”, 1984.
miércoles, 14 de marzo de 2012
MIS MUJERES PREFERIDAS: MAEVE BRENNAN
Audrey Hepburn interpretó en Desayuno con diamantes uno de los más fascinantes personajes femeninos de la historia del cine. Muchas son las voces que afirman que la adorable, frívola y hedonista Holly existió. Su verdadero nombre era Maeve Brennan y compartió fiesta y martini en más de una ocasión con el autor: Truman Capote.
Maeve fue, como todas mis mujeres preferidas, un espíritu rebelde y descreído. Tuvo una rígida educación católica que olvidó al comenzar a vivir en la ciudad de todos los fracasos y los más brillantes sueños: Nueva York. Ella fue sin duda la musa y el espíritu dorado de aquella época en Manhattan.
Inició su carrera periodística como comentarista de moda en la revista Harper´s Bazaar. Los años cuarenta y cincuenta fueron años excepcionales para el periodismo neoyorkino, que concentró en las revistas y suplementos de cultura a los mejores escritores, poetas y guionistas de la época. Brennan fue crítica literaria y redactora en The New Yorker, al mismo tiempo que W.H. Auden.
Con el seudónimo The Longwinded Lady (parodiaba con su epíteto la idea misógena de que las mujeres "hablan demasiado") escribió unas maravillosas crónicas que son fiel reflejo de aquellos días. La escritora definió Nueva York de una manera airosa y sintética: "la más temeraria, ambiciosa, confusa, cómica, triste, fría y humana de todas las ciudades". En cierto modo, también se podría definir de igual forma su manera de escribir. Brennan afirmaba que Nueva York es una ciudad peligrosamente inclinada, con sus habitantes aferrados a ella para no caerse y aún con humor para reírse de su situación.
Además de sus crónicas de ciudad; Maeve fue una escritora seria, rigurosa y perfeccionista, prolífica en relatos con gran dosis de humor y una gran variedad de matices, donde predominan la tristeza y la precisión amarga de los detalles. También publicó una breve novela De visita. Si se tuviera que definir su obra con una frase me quedo con esta: Home is a place in the mind (El hogar es un lugar de la mente.)
Maeve era deliciosa por otras muchas razones: su estilo elegante y peculiar, su tendencia a soñar y a concederse despreocupados lujos, su extravagancia, su belleza, su refinada excentricidad, su poética autoironía... Tuvo luz propia en la sociedad neoyorquina por su inteligencia y su ingenio, pero también por su abrumadora personalidad y elegancia. Esbelta y de pequeña estatura, le gustaba vestirse de negro y llevaba grandes gafas oscuras. Su estilo sofisticado fue lo primero que abandonó cuando estallaron sus conflictos internos.
A las mujeres inteligente, bellas y soñadoras; la vida les cambia cuando se enamoran profundamente. Entonces dejan de ser princesas y se descubren brujas en una vida conyugal que jamás podrá ser domesticada por espíritus tan libres y ambiciosos de emociones. Maeve se enamoró y se casó con un redactor del New Yorker del que se decía que "bebía demasiado, era maníaco depresivo y sufría lo que él llamaba 'apagones' durante los cuales no siempre sabía quién era y su conducta podía llegar a ser muy errática. Se gastaba todo el diero que tenía pero nunca pagaba facturas porque era una ordinariez. Había tenido más esposas, todas guapas y encantadoras, pero ninguna le duró mucho porque enseguida se cansaba".
El matrimonio, obviamente, duró poco y Maeve jamás volvió a ser la misma. Después de aquella triste historia comenzó a sufrir depresiones con brotes psicóticos. Empezó a frecuentar la vida vagabunda. Su aspecto que era elegante e impecable, se volvió desaliñado. En el inicio de su decadencia se alojó en hoteles baratos, pero en poco tiempo hizo de la calle su lugar de residencia, con la obsesiva costumbre de acabar refugiada siempre en lavabos de señoras. Durante la última década de su vida, Maeve Brennan se movió dentro y fuera de la realidad de una forma que resultaba desgarradora. En uno de los lavabos que habitaba escribió: "Cierto grado de autoestima es necesario incluso en los locos"
A Maeve la adoraban sus amigos, pero ninguno la pudo salvar de sí misma. Hay una frase de Brennan que alude a su conflicto vital. Dice así: "Lo único que tendremos que encarar en el futuro es lo que ocurrió en el pasado. Es insoportable"
martes, 6 de marzo de 2012
EL MUNDO DEBAJO DEL MUNDO
La música es capaz de nombrar todos los sentimientos que intentamos esconder, es como el mundo debajo del mundo, las palabras verdaderas bajo las falsas
martes, 28 de febrero de 2012
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