La despedida no fue triste. Teníamos los móviles, en unos
días nos veríamos en Madrid y cuando me dejó en la pensión subí sintiéndome
como una niña que sabe que tras la puerta le espera un gran regalo. La próxima
semana, una vulgar semana de febrero, sería mi regalo porque nos veríamos. Mis
amigas me recibieron entres coñas y sonrisas. Querían detalle. Y no, no nos
habíamos acostado. ¿Entonces? Paseamos, desayunamos… ¿Y esa sonrisilla? Huí
hacia el baño mientras gritaban para retenerme. No iba a reconocer que estaba
enamorada de un chico al que hacía ocho horas ni conocía. Pasan tantos días sin
huella, tantos meses y ahora, en sólo ocho horas, yo creía que mi vida había
cambiado.
Tenía su número de móvil y aguanté media hora antes de
enviarle el primer mensaje. Me respondió al momento. Sí, el universo estaba en
orden, no había apuntado mal su teléfono, no se abría el abismo. Me propuse no
ser pesada y no escribirle ningún mensaje más hasta la noche pero cuando solo
llevaba una hora en el tren le escribí otro. Pasó media hora y no llegaba su
respuesta. Comencé a inquietarme. Media hora después llegó un mensaje. Procuré
no parecer ansiosa por leerlo y saqué el móvil de su funda con toda la
parsimonia del mundo. Mi amiga marta me miró como riéndose de mi
interpretación. Nos conocemos bien. Desbloqueé el maldito móvil con urgencia. Y
odié, odié intensamente al responsable de la compañía de móviles que había decidido informarme esa
precisa tarde de que me regalaban treinta mensajes multimedia.
Me aferré a la idea de que iría durmiendo en el coche,
cansado como yo lo estaba tras una noche en vela. Y me quedé dormida. Al llegar
a la estación de Atocha, mi móvil seguía callado. Ya en casa lo desconecté,
como un castigo hacia él si decidía llamarme esa noche. Pero como tantas veces
en estos asuntos era a mí misma a quien castigaba.









