martes, 21 de agosto de 2012
sábado, 28 de julio de 2012
miércoles, 18 de julio de 2012
TODOS LOS LAVAVAJILLAS LLENOS
Todo pasó porque yo quería ser musa.
Y baja la ternura y me pregunta por
tus caricias.
Todo pasó porque yo quería ser musa.
Una vez me dijiste en la estrellez de
un pasillo
que tenía las piernas lacerantes.
Todo pasó porque yo quería ser musa.
Acabé contigo en la cama, con las
piernas entrelazadas,
a veces también abiertas.
Todo pasó porque yo quería ser musa.
No busqué en el diccionario que
significaba lacerantes.
No ser musa escuece.
***

Es raro como nos conocimos ¿verdad? Que quisiera ser musa de un poeta que no me hizo ningún caso. Que, yo misma, escribiera los versos que nunca me dedicó. Que me regalara el silencio y tu libro. Que cuando estaba a punto de abrirme la web“elpoetadeloscojonespasademí.com” descubriera que tus poemas me gustaban más que los suyos. Que te metieras en mis sentimientos, en mi cabeza y en mis anhelos tontunos. Que el destino decidiera presentarnos, eliminar diez años y todas las distancias. Aventureros, nos prometimos un café ficticio con tintes épicos.
***
Llegó el presente y regaló un día. Viniste a mi ciudad, que no era la tuya y no tomamos café pero bebimos vino. Mientras te miraba, recordé aquel artículo sobre conversaciones donde afirmaban que el 7% de la información llega a través de las palabras, el 38% a través del lenguaje paralingüístico (tono y ritmo) y el 55% restante se trasmite con ademanes y gestos faciales. Intenté calcular porcentajes pero me estrellé con un 100% de admiración. Fingí indiferencia, miré mis pies y pensé que sentiría si me hubieses comido a besos. El conflicto llegó cuando después de cenar me preguntaste si nos veríamos al día siguiente y muy digna miré al frente y dije que no. Mi voz se quedó sin tono y tu mirada no buscó ningún porcentaje en mi rostro mientras apartaste con desdén el humo que desprendía mi cigarro. En aquel presente cercano a ti, me dio por pensar que no cabía nadie más en mi corazón, pero cuando ya te habías ido, fui a comer a casa de mis padres y después y cuando recogíamos, descubrí que siempre cabe un plato más en todos los lavavajillas llenos.
¿Sabes? A veces me da por
aparentar, pero lo hago sin querer. Como aquella vez que me puse muy guapa para
ir a una fiesta. Llevaba un vestido rojo muy corto y unos zapatos altísimos de tacón
muy negros. Llegaba tarde, como siempre llegaba muy tarde. Comencé a
correr y en dos segundos estaba en el suelo. Me pegué una leche que todavía
duele. Entonces un hombre guapísimo vino a ayudarme. A pesar de lo mal que me
sentía y de lo que me dolía el tobillo, sonreí mientras le miraba y le decía
que no se preocupara, que estaba bien, que no me había hecho daño. Me comí todo
el dolor como cuando me tragaba los chicles de niña, mirando alrededor para que
no lo notara nadie, mientras pensaba que a lo mejor se quedaba pegado a las
tripas. Me pregunté porque a veces me empeño en aparentar lo que no siento.
Digo no cuando quiero decir si y se quedan mis ganas pegadas a las tripas.
Aparentar es un rollo. Y ya te has ido y nuestro café ha sido muy corto, tanto, que se nos ha olvidado saborear los posos épicos. Y
desde que no estás taladro el ordenador en busca de correos que
no entienden de porcentajes. Me he cosido el móvil al pecho por si vibra con tu
voz y se me están rompiendo los ojos y los oídos de tanto buscar una señal en
la que me digas que quieres volver a cruzar océanos para quedar con una
imbécil como yo.
martes, 26 de junio de 2012
SIN PRETENSIONES
Yo creo que la vida está dividida en lo horrible y lo miserable. En esas dos categorías. Y lo horrible son los enfermos incurables, los ciegos, los lisiados... No se como pueden soportar la vida, me parece asombroso. Y los miserables somos todos los demás. Así que al pasar por la vida deberíamos dar gracias por ser miserables. Por tener la suerte de ser miserables.
(Annie Hall)
jueves, 7 de junio de 2012
EL GRAN DÍA
La exnovia de Elvis se pasa el día escuchando Prozac for lovers, no sé si vendrá mañana, día 8 a las 8, a la librería Arrebato (C/ Palma 21) a la presentación de Te vas a reír cuando te lo cuente. ¿Nos vemos allí?
domingo, 3 de junio de 2012
viernes, 25 de mayo de 2012
MI VIDA CON ELVIS (X) FÉLIX J. VELANDO
Mis amigas me preguntaban y yo les decía que me iba bien, porque eso era lo que yo me decía: me va bien, me irá mejor. Les extrañaba que aún no le hubiera llevado al piso, yo que siempre intentaba que la gente que me gusta se conozca. Decía que era tímido, que ya lo traería.
En abril era el cumpleaños de Marta y, como cada año, lo íbamos a celebrar con una fiesta en el piso. Una fiesta de disfraces temática. El año pasado "flowerpower", hacía dos "guateque". Intenté convencer a Marta para que fuera una fiesta roquera pero se impuso la fiesta romana. Así que le dije que esa noche tendría que acudir disfrazado.
-Ya sabes que no me gusta disfrazarme. Pero por esta vez lo voy a hacer, aunque no será de romano.
-Pero es temática. Tienes que ir de romano o de romana...
-No. Iré de otra cosa. Y te voy a sorprender.
No sabía que podría sorprenderme después de habérmelo encontrado aquella tarde en una cafetería vestido de Elvis. Pero aún así esperé nerviosa su llegada, pensando en qué disfraz absurdo podría vestir y en cómo excusarlo ante mis amigos.
Cuando el piso ya estaba repleto de gente vestida con sábanas y enredaderas en la cabeza, llegó él. Me costó reconocerlo. Llevaba unos vaqueros sencillitos, zapatos discretos y su tupé y sus patillas habían desaparecido. Caí: se había disfrazado, solo para mí, de tipo normal.
-No- me contestó- Tengo que contarte algo. Hasta ahora iba disfrazado porque quería comprobar cuanto me querías. Y si has aguantado estas semanas con un tipo disfrazado de Elvis es que me quieres de verdad.
Lo miré en silencio durante unos segundos, incapaz de reaccionar.
- ¿Contenta? Ya no me disfrazaré más. Prueba superada.
Pasaron unos segundos hasta que conseguí reaccionar.
-Vete a tomar por culo, subnormal- le dije por fin.
Y tras darle una bofetada me fui de la fiesta. Han pasado casi dos años. No lo había vuelto a ver hasta hace dos días. Estaba en un bar con una chica. Iba disfrazado de Michael Jackson y marcaba barriguilla.
FIN
jueves, 24 de mayo de 2012
MI VIDA CON ELVIS (IX) FÉLIX J. VELANDO
Esta vez acudió vestido como el Elvis del comienzo por lo que casi podía aparecer que había quedado con un rockabilly. Yo llegué seria, marcada por la trascendencia de mi mensaje. Pero ese día apenas nadie lo miraba y de pronto me hizo reír. No encontraba como decirle que aquello no podía seguir así. Sabía que no debería aplazarlo, que me sentiría mal si me iba de allí sin contarle lo que pensaba. Y aunque estuve tentada de no hacerlo por fin se lo dije, le dije que no me gustaba nada su forma de vestir, que no comprendía esa necesidad de llamar la atención.
- No se trata de llamar la atención, de nadie, solo de vestir como me gusta- dijo-. ¿De verdad te importa tanto lo que me ponga o deje de ponerme? Creo que la gente es mucho más que eso.
Le dije que sí, que la gente era mucho más que eso, pero que no podía soportar todas esas miradas de curiosidad, de burla.
- ¿Entonces es por lo que piensan los demás?
Aquella vez fue él el que inventó una excusa para irse. Yo me sentí fatal por el retrato que aquella noche se había dibujado de mí: una chica superficial a la que le importaban sobre todo las apariencias, lo que pensaban los demás. Yo no era así pero también lo era un poco, como todos. Después de aquella última cita la piedra estaba en mi tejado. O aceptaba salir con él tal como era, tal como vestía, o debía olvidarlo de nuevo. Hay parejas que en sus finales, cuando todo es naufragio se aferran a lo poco bueno que aún encuentran en el otro para salvar la relación. Yo solo tendría que olvidar lo poco malo que él tenía para comenzar. Si conseguía pensar que salir con un tipo siempre disfrazado era poco.
Y lo llamé, lo llamé, porque me gustaba, porque me lo pasaba bien con él cuando conseguía olvidar sus vestimentas y tal vez también porque no podía dejar que nadie, comenzando por mí misma tuviera esa imagen penosa de lo que yo era.
Quedamos una tercera vez, y aunque él vino de nuevo disfrazado como Elvis yo no dije nada y me reí y me emborraché, creo que para que todo me importara menos y terminamos acostándonos y desnudo era un chico que me besaba y me decía que le gustaba mucho y todo se olvidaba y deseé que el mundo fuera siempre su cama.
miércoles, 23 de mayo de 2012
MI VIDA CON ELVIS (VIII) FÉLIX J. VELANDO
―
Bueno, disfrazado no, llámalo un estilo. ¿Te importa mucho eso?
― No… yo… no sé… me extraña. En… ¿en
Cádiz no ibas disfrazado?
― No. Siempre visto así. No me gustan
los disfraces.
Y continuó
hablando. Aunque los tenía frente a mí intenté olvidar su tupé brillante, sus
gafas de sol con brillantina, esa chaqueta con flecos ajustada, las inmensas
campanas de sus pantalones, y quise centrarme en su rostro, en sus ojos, tan
brillantes como oscuros, en su sonrisa. Lo conseguía por segundos, aunque de
pronto me veía en la mirada de los que nos observaban y solo encontraba a una
tía avergonzada que hablaba con un loco vestido de Elvis. Pero no decía ninguna
locura, era el mismo tipo divertido, algo socarrón y descreído que había
conocido hacia casi un mes en Cádiz. El mismo tipo con el mismo tupé y la misma
ropa desfasada. Cambiamos de bar. Por la calle, claro, seguían mirándolo y yo
intenté actuar como si no me importara su disfraz, como si estuviera hablando
con alguien vestido en Zara. Pero me importaba. Me despedí después de cenar con
dos besos y una excusa improvisada. Estaba muy desconcertada para pensar en
acostarme con él aunque, por otro lado, era la manera más rápida que se me
ocurría de quitarle ese disfraz absurdo. Después de cuatro semanas intentando
olvidarlo aparecía y lo hacía de esa forma. Me sentí estafada por el destino.
Llamó al día
siguiente y no le cogí el teléfono. A él, cuya llamada había esperado tanto.
Ese pensamiento me trajo otra oleada de tristeza. Tenía la sartén por el mango
y no me sentía mejor por ello. Decidí llamarlo para quedar y contarle que no
podía seguir viendo a alguien que iba disfrazado por la vida.
lunes, 21 de mayo de 2012
MI VIDA CON ELVIS (VII) FÉLIX J. VELANDO
Cuando colgué el mundo había cambiado. Era posible la alegría, era posible confiar en la gente, ser amada. Me había buscado por mi facultad, había puesto un anuncio, llamado cien veces a su compañía telefónica. Lloré esta vez de felicidad. Aunque de pronto sentí que mi felicidad no dependía de mí, sino de algo tan ajeno como la llamada de un chico al que conocía de una noche. Y me puse triste, y luego alegre, y así pasé todo el día.
Tenía una cita, una de las de verdad, de las que te importan y te ponen nerviosa. Depilación, limpieza de cutis, darme un poco de brillo tras tantos días grises. Mi piel y yo resplandecíamos. Saqué toda mi ropa, probé mil combinaciones y decidí que casi todo lo que guardaba en el armario era una mierda. No sabía cuál sería su estilo, tan sólo le había visto disfrazado. ¿Me daba un toque poppie o me ponía algo clásico? Tras dos horas de pruebas opté por
Habíamos quedado en una cafetería de Malasaña, un buen lugar para hablar con tranquilidad antes de decidir donde cenar. Un chicle para oler y saber a fresa. Un último toque de pintalabios. Llegué con veinte minutos de antelación, pero decidí pasear un rato por allí y entrar algo tarde para calmar mis nervios. No aguanté mucho y entré cinco minutos antes.
Y allí en la barra, estaba él, inconfundible porque ahora también iba vestido de Elvis. Miré a mi alrededor desconcertada. ¿Era una broma que me estaban gastando él y sus amigotes? ¿Había cámaras ocultas? Él me vio y se acercó con una gran sonrisa y me dio dos besos y me dijo que estaba muy guapa. Yo seguía desconcertada.
―Vas… vas disfrazado de Elvis―le dije.
― Bueno, más bien vestido― me contestó con el mismo tono que podría haber empleado para decirme que su reloj era japonés.
―¿Nos sentamos?―preguntó.
―Vale―acerté a decir.
Ya en la mesa él me detalló todos sus intentos de encontrarme en la universidad en el facebook, en el tuenti, el anuncio en el periódico, su lucha para que la compañía telefónica le diera los números a los que había enviado mensajes esos días. Yo intentaba concentrarme en lo que me decía, pero no podía evitar pensar que estaba sentado frente a un tipo que iba vestido en pleno mes de marzo, en Madrid, como Elvis Presley. La gente no disimulaba alguna que otra mirada curiosa pero él parecía no darse cuenta o no importarle. Por fin me preguntó.
― ¿Y tú que pensabas cuando yo no daba señales de vida?
―Vas...disfrazado de Elvis― fue lo único que pude decirle.
domingo, 20 de mayo de 2012
MI VIDA CON ELVIS (VI) FÉLIX J. VELANDO
Pasaron más días en un invierno gris que no acababa. Comencé a pensar que si aquello me había afectado tanto es que yo no estaba muy bien. Le pedí a una amiga el número del psicólogo. Vino marzo. El día en que tenía mi primera consulta me llegó la llamada de un número que no tenía en mi agenda. Antes de cogerlo sabía que era él o eso pienso ahora cuando lo recuerdo. Comencé a temblar. ¿Cómo responder a esa llamada? ¿Sacar mi rabia y echarle en cara todo el daño que me había hecho? ¿Desplegar todos mis reproches? Lo cogí. Y todas mis tristezas, mis penas, comenzaron a retirarse a un lugar muy lejano empujadas por sus palabras.
Me contaba que le habían robado el móvil en el bar de carretera en el que pararon a echar gasolina y comer algo, que se había pasado dos mañanas en la puerta de mi facultad esperando cruzarse conmigo, que había preguntado por una María que estaba matriculada en asignaturas sueltas, que había rastreado el facebook hasta cansarse, que había recuperado su número de teléfono pero no su móvil y que mis llamadas nunca llegaban, que había puesto un anuncio en la sección del Te vi del suplemento de los viernes de El País. pero hasta que con marzo no recibió su factura de febrero no pudo recuperar ese número al que una mañana en Cádiz había mandado un mensaje. Mi número. Yo le dije que le había llamado, que le había dejado varios mensajes y que había terminado por pensar que pasaba de mí. Me dijo que lo sentía, que sentía que todo ese lío pudiera haberme hecho daño. Se le oía apenado. Yo no intenté salvar mi dignidad y le confesé lo mucho que me había dolido. Me dijo que quería verme y quedamos para el día siguiente. (Continuará...)
viernes, 18 de mayo de 2012
MI VIDA CON ELVIS (V) FÉLIX J. VELANDO
Al día siguiente le llamé tres veces. Nada. Me prometí no llamarle nunca más. Pasé unos cuantos días pensando a todas horas en él, imaginando venganzas a su desprecio. Yo sería, por ejemplo, una psicóloga triunfante, cada día más bella, que escribiría un libro de éxito y él me vería un día firmando en la feria del Retiro y se acercaría para saludar y allí estaría mi novio, un famoso y guapísimo actor y yo ni me acordaría de su nombre... Cosas así de maduras.
Dejé de ir a clase durante dos semanas, dejé pasar exámenes y me dediqué a deambular por Madrid, a meterme en cines donde siempre lo echaba de menos en la butaca de al lado y descubrí que en las cafeterías siempre había parejas que parecían quererse mucho. Mis amigos me daban los consejos que se dan en estos casos: "el tiempo lo cura todo", "hay más tíos que días", "si apenas lo conocías, seguro que era un gilipollas". Los mismos consejos que yo había dado en otras ocasiones y que ahora me parecían tan estúpidos. Y los días pasaron y dos semanas después me di cuenta con cierto asombro de que cada vez dedicaba menos horas a pensar en él y cuando lo hacía intentaba convencerme de que sí, solo era un gilipollas con labia que me había liado en una noche de borrachera.
Comencé a hacerle más caso al compañero de clase que siempre me proponía cines que yo esquivaba, al monitor de aerobic que me tiraba los trastos, esos tipos que no te hacen temblar pero pueden darte un rato agradable. ¿Para que más? Vivir en un mundo donde no quieras demasiado para que no te hagan demasiado daño. Una noche quedé a cenar con el monitor de aerobic. Follamos. Él aún dormía cuando me fui de su cama. Otro amaneces, éste en Madrid, sola. Una chica, pese al frío se había quitado los zapatos de tacón y caminaba descalza por la calle apoyada en su chico. Recordé que nosotros también nos habíamos descalzado en la arena, que habíamos jugado a que no nos mojara el océano que nos terminó mojando. Entré en un bar donde se mezclaban taxistas que trabajaban de noche y los últimos fiesteros y pedí un café con leche. Saqué mi móvil. Allí estaba su número, que había conseguido no memorizar. Nueve números que una mañana salieron de sus labios, que tan poco había besado. Él estaba a un clic de distancia pero también mucho más lejos. Lo borré entre lágrimas. El camarero no me dijo nada pero me dio un pañuelo de papel y no quiso cobrarme
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