Desde niña sentí fascinación por
la radio. Todas las noches, cuando me acostaba, sintonizaba la emisora un poco más a la derecha del dial que le
correspondía; para conseguir un sonido mínimo, apenas perceptible, pero lo
suficientemente claro como para entender de lo que se hablaba. ¿Qué conseguía
con esto? Me imaginaba estar lejos, lejísimos, en un lugar donde se hablaban
otros idiomas y se vivían otras vidas y todo era diferente, y todo me parecía
mejor.
Me
fui haciendo mayor, pero no mucho, y
continué apegada a mis manías y a mis programas favoritos. Durante diez años he
sido fiel acostándome con “La Brújula”. He de confesar que hasta me enamoré de
un hombre brujulero y después de aquello, vivimos en feliz coincidencia.
“Diez años se pasan en un suspiro si uno
disfruta lo que está haciendo. Piensa en todo lo que te ha pasado a ti en los últimos
diez años de tu vida. Aquí estábamos contándote noticias, y comentándolas,
mientras tú te cambiabas de casa, o de marido, mientras te licenciabas, o
estrenabas trabajo -o lo perdías para después, espero, volver a encontrarlo-;
aquí estábamos, contándote historias, mientras tú ibas añadiendo páginas a la
tuya propia: teniendo un hijo, casando un hijo, celebrando que el hijo te haya
hecho abuelo.”
Un suspiro en compañía del mejor contador de historias de la radio.
“En diez años hemos compartido un buen montón de
historias y creo que, también, una cierta forma de contarlas. Pruebe
la nuestra, como decíamos en nuestras promociones, pruebe a ver qué
le parece. Asumo que en algunas ocasiones
hemos roto los esquemas a los guardianes de la ortodoxia
informativo-radiofónica, nos ha resultado posible hacerlo es porque al otro
lado -a ese lado de ustedes, vuestro lado- hay (habéis) personas receptivas,
con ganas de conocer, de entender y de pensar en libertad. Ayudar a entender, animar a pensar.
Oyentes que comparten no una ideología
(qué obsesión tenemos por la ideología de la gente), o una edad, o una clase
social -en todo eso somos diversos-: comparten una actitud ante la actualidad,
que es tanto como decir ante la realidad. Eso es lo que, yo diría, yo digo,
hemos afianzado en estos diez años de Brújula. Disfrutando
de este medio de comunicación que tiene en la palabra (la música y la palabra,
el corazón y la cabeza) su mayor fortaleza; y creando entre todos el clima
-creo que intransferible- de un programa que no es otra cosa, y no aspira a ser
otra cosa, que la reunión de un grupo de amigos que, al final de la jornada,
comentan animadamente las noticias. Esta crítica que algunos me hacen y que
recibo como un elogio: la de que Alsina es un tipo que hace programas para pasárselo bien con un grupo de
amigos que opinan de cualquier cosa.”
La Brújula ha sido un lugar épico, un encuentro de casualidades
que hacían que las noches fueran más divertidas e inteligentes. Hace unos días
a Carlos Alsina se le hacía un poco de nudo al despedirse, a nosotros nos hizo
llorar. Se iba sin hacer mucho ruido, como es él, cubierto con su ropa informal de palabra precisa y trabajo bien hecho sin pretensiones. Y a nosotros nos dejaba muy tristes.
La Brújula
era esa casa decorada con mimo que nos
hacía a todos la vida más confortable por las noches. Rubén Amón hacía que
nevara sobre Pekin, A cien millas de Manhattan, Fesser nos hacía reír; la fauna
semanal venía con Jabois y entre todos hacían que hasta los deportes fueran
interesantes.
Carlos
Alsina no se va del todo, ahora estará por las mañanas, pero no nos engañemos,
nada será igual. Ahora sujeto a las
audiencias y a los clichés establecidos en horario matutino, todo será más complicado.
Es cierto que su nuevo horario es una proclamación de su buena labor
periodística, pero los que primero le descubrimos nos sentimos un poco
abandonados. Nos quedamos sin el mejor maestro de ceremonias de La Brújula. Y
estoy seguro que como yo, piensa más de
uno.











